Tras los pasos de Pablo Picasso por Antibes, Vallauris y Golfe Juan.

Los ojos negros de Pablo Picasso irradian una intensidad única desde la foto que escolta la rampa de entrada al Musée Picasso de Antibes, en la Riviera Francesa. Cuando logro zafarme del embrujo de su mirada –captada en ese mismo lugar por la lente del fotógrafo polaco Michel Sima–, descubro un segundo par de ojos magnéticos: los de una pequeña lechuza posada sobre la mano del pintor español. Tras ser rescatada malherida de la terraza del antiguo castillo de los Grimaldi donde se ubica el museo –que Picasso transformó en su taller durante un par de meses en 1946–, el ave apareció retratada en múltiples cuadros, dibujos y hasta piezas de cerámica.

 

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A lo largo de su vida, muchas veces Picasso recaló en la Provence y la Côte d’Azur francesas. La ubicación a orillas del mar Mediterráneo, el clima benigno y la luz espléndida que baña esas costas lo hacían sentir como en casa. Aquel año de 1946, con la Segunda Guerra Mundial recién finalizada, cierto ánimo optimista lo llevó en esa dirección y rentó la villa Pour Toi, cerca del puerto de Golfe Juan, acompañado por Françoise Gilot, su mujer de entonces.

En una ocasión en casa de amigos, Picasso se quejó de la falta de espacio suficiente para pintar y Romuald Dor de la Souchère, conservador del Museo de Arqueología que ocupaba el castillo medieval de los Grimaldi en Antibes, le ofreció mudar su atelier al magnífico edificio ubicado a orillas del mar. El pintor no se hizo rogar y desde mediados de septiembre a noviembre de ese año su enérgica creatividad proliferó entre esos muros en una gran cantidad de trabajos (23 pinturas y 44 dibujos) que donó por completo a la ciudad –colección que él mismo, luego Jacqueline Roque, su última esposa, y adquisiciones del museo incrementaron con el tiempo–, hasta que en 1966 el lugar se convirtió en el Musée Picasso.

Una vez dentro del museo, uno de los primeros espacios que se descubren es la terraza donde apareció la lechuza de mirada inquietante… Y entonces pensé que hace falta mucho ojo para abarcar tanto mar y tanta vista desde esa posición privilegiada. Esculturas de otros artistas ornamentan el lugar con siluetas perfectamente estéticas.

Pronto llego a la sala principal, que exhibe el cuadro más célebre del museo: La joie de vivre. En el centro de la composición, Françoise desnuda danza alegremente al ritmo de instrumentos y personajes clásicos de la antigüedad griega. Entonces Lucy, mi guía, me cuenta que mientras Picasso trabajaba en el castillo escuchaba fascinado las historias y leyendas que le contaba su amigo Romuald (amante de la arqueología) sobre los tiempos en que Antibes era Antipolis.

Al centro de esa sala y en varias vitrinas de las demás, noto que los característicos trazos del genial pintor malagueño se posaron sobre piezas de cerámica. Y es que por aquellos días, Picasso descubrió cerca de allí, en Vallauris, un nuevo soporte para su arte: la cerámica. Esa será mi próxima escala en la Côte d’Azur.

Pero antes, aunque el museo bien vale una visita a Antibes por sí solo, es buena idea dedicarle el resto del día (o varios días) al paseo por su costanera con vistas al puerto y al fuerte, a husmear en el apetitoso mercado y a recorrer su florido centro histórico… donde es muy fácil comprender esa “alegría de vivir” que embargó a Picasso en Antibes.

El volumen del arte

Unos siete kilómetros (15 minutos en auto) separan a Antibes de Vallauris. No hace falta que nadie te cuente que allí Picasso fue ciudadano ilustre, que el nombre de la ciudad y el artista se asocian indefectiblemente y que la tradición de ceramistas que la habitaron por siglos fue la que propició esa imperecedera relación. Desde que llegas, en todas partes están las huellas inconfundibles del artista malagueño.

Paseo un poco por las calles y me encuentro una tienda donde es posible ver (y comprar) los posters que Picasso diseñó entre 1948 y 1955, luego de mudarse a Vallauris, a la casa llamada La Galloise. También sobre la calle principal me paro frente a la que fuera la barbería Arias, de su entrañable amigo español exiliado Eugenio Arias. Las tiendas que ofrecen piezas de cerámica y las galerías de arte se multiplican a mi paso.

Pronto llego a la plaza Paul Isnard, donde se encuentra la escultura de bronce Hombre con cordero, donada por Picasso a la ciudad para ser exhibida en un espacio público y que los niños pudieran encaramarse en ella.

A metros de esa plaza, que en días de mercado se llena de vida y color, están el Museo de la Cerámica, el Museo Magnelli y el Museo Nacional Picasso “Guerra y Paz”. Este último consiste en una capilla que el artista pintó en 1952 para convertirla en una especie de templo de la paz, un lugar donde reflexionar rodeado de arte y de las contundentes ideas pacifistas de Picasso.

Galerie Madoura

Un buen día, ese fructífero año de 1946, mientras pintaba en Antibes y vivía en Golfe Juan, Picasso decidió asistir a una exhibición de 
alfarería en Vallauris, donde le llamó la atención el trabajo del 
taller Madoura, propiedad de Suzanne y Georges Ramié. En cuanto 
le presentaron a la pareja, el pintor les pidió permiso para 
trabajar en su taller, donde elaboró tres piezas que dejó para 
secar y hornear. Cuando regresó, un año más tarde, la magia del 
fuego se había hecho y la fascinación de Picasso por esa nueva 
posibilidad artística quedó consumada. Pronto pasó a tener un 
lugar especial a su disposición, a Suzanne como maestra en 
cuestiones técnicas y un contrato que permitía al taller hacer 
ediciones limitadas de su creación. La mítica galería aún se puede 
visitar.

 

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Escrito por:Jes Garbarino

Periodista y viajera. Armo la maleta (antes era mochila) cada vez que tengo oportunidad, desde hace más de 20 años.

5 respuestas a “Picasso en la CÔTE D’AZUR: Energía cúbica

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