Jes Garbarino, periodista y viajera

Hace poco recuperé un cuaderno de bitácora que escribí hace más de 20 años, en 1993, mientras viajaba por tierra, ida y vuelta, desde mi Buenos Aires natal a la Ciudad de México. Ya desde entonces tildé de “viaje iniciático” a aquella aventura; algo de mi naturaleza inquieta (“hormigas en el orto”, dirían en mi barrio) me decía que sería el primero, tal vez el más inolvidable, pero no el único.

Por entonces no me imaginaba que mi otra pasión, el periodismo –que empecé a ejercer poco después, escribiendo notas policiales en un diario–, se encontraría en algún punto con mi vocación viajera. Ni que terminaría viviendo en la ciudad que había elegido como punto de retorno.

Ocho meses duró aquel viaje y ahora se me antoja, con la perspectiva de los años y a la luz de nuevas experiencias, releer aquellas notas desparejas, frescas, indolentes, despreocupadas, hambrientas. ¿Qué haré con ello? Aún no lo sé. Ya veremos qué me inspiran, hacia qué otros puntos de encuentro me llevan.

Con los años acumulé muchos más cuadernos de bitácora. Algunos ya no como divertimento y recuerdo sino como parte de un trabajo concienzudo para recomendarles a otros viajeros la forma de vivir las mismas experiencias. El periodismo y los viajes se reunieron primero cuando me convertí en editora de la revista Escala de Aeroméxico y luego en Bleu&Blanc, para quedarse juntos.

Pero también están los otros encuentros y encrucijadas, los que vienen de más lejos aún.

Un abuelo marinero que eligió Buenos Aires para instalar a su familia española mientras recorría el mundo. Una tatarabuela que se volvió loca con la distancia que la separaba de Italia… y su hijo, el bisabuelo Giacomo, que fue a buscarla y se quedó para siempre en el sur. Otra bisabuela franco-italiana que se saltó el designio de un matrimonio arreglado por correspondencia, para irse con el amor que conoció en el barco que la llevaba a Argentina.

Hija, nieta, bisnieta y tataranieta de inmigrantes. Emigrada yo misma: justo cuando pensaba que me estaba volviendo sedentaria, apareció el esposo mexicano que me cambió la vida (y el lugar de residencia).

De modo que me inclino a pensar que por mis venas navegan marinos de esos que sólo encuentran el equilibrio cuando tienen la vista fija en horizontes lejanos. Y que en mis genes están escritas algunas bitácoras de la errancia.

Así las cosas, ahora quiero proponer este blog como otra oportunidad para converger. Para contar historias trashumantes, nuevas y viejas, de ayer y de hoy. Para que quienes no podemos estar sin viajar y sólo encontramos el equilibrio mirando a horizontes lejanos, nos encontremos en unas bitácoras desparejas, azarosas, errantes.

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