Las Turbas de Cuenca, al tiempo que coquetean y negocian con la transgresión, se han convertido –gracias a su famosa procesión del Viernes Santo–, en el sello de identidad de una Semana Santa fervorosa, llena de sonidos inolvidables y colores vibrantes, que se disfruta a flor de piel.

Las horquillas de madera y metal de los banceros marcan el ritmo sobre el empedrado del casco histórico de Cuenca. La música de las orquestas que recorren las estrechas calles con cada hermandad rebota contra las paredes y los balcones; da la sensación de que sus colores se vuelven más vibrantes entonces. La palillá y el clariná de los turbos suben la temperatura a la helada madrugada, un viernes de incipiente primavera. Un retumbo te pega en el pecho y por un instante quita el aliento, afloja la emoción, aunque no seas devoto. Y ese silencio, profundo y conmovedor, que de pronto propone un contraste extremo. “La saeta”. El “Miserere” entonado por voces prodigiosas… Cuando evoco la Semana Santa que viví hace un año en Cuenca, mi memoria se llena de reclamos sonoros.

GLOSARIO de las procesiones de Semana Santa en Cuenca.

Luego están los colores. Las multitudes abigarradas. Los nazarenos anónimos bajo los capuces algo intimidantes. Y la ciudad de Cuenca, bella, con las dimensiones justas para dejarse caminar de punta a punta buscando la iglesia desde la que saldrá la próxima procesión. Y su casco antiguo –declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996–, literalmente colgado sobre la hoz del río Huécar. Más el paisaje dramático todo alrededor, con sus abruptas formaciones calcáreas, que completan el repertorio de recuerdos que me trae mi Semana Santa del año pasado en España.

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JUEVES: jet lag, paz y caridad

Menos de una hora de viaje (en rigor de precisión debemos decir que unos puntuales 51 minutos) separan a la estación Puerta de Atocha de Madrid de la Fernando Zóbel de Cuenca cuando recorres esos 168 kilómetros en el tren de alta velocidad (AVE). Llegué al filo del mediodía, todavía sin superar del todo el jet lag de un vuelo de 10 horas desde México, un Jueves Santo que cayó en 2 de abril. En la estación me esperaba Ana para invitarme a comer en el restaurante del Parador de Cuenca. Y yo, con esa sensación de irrealidad que producen las horas de sueño intercambiadas.

Donde fuera el refectorio del ex Convento de San Pablo, convertido en restaurante del Parador Nacional de Turismo, probamos algunas especialidades manchegas y conquenses, rociadas con una agradable conversación que incluyó adelantos sobre lo que vería en los próximos días.

“Me recomendaron que no me pierda por nada la ‘procesión de los borrachos’, ¿de qué se trata? ¿desfilan alcoholizados? ¿por qué ese nombre?”, le pregunté a Ana sin saber que tocaba un punto controversial y a la vez crucial. Una mueca que incluía sonrisa ladeada me indicó que la cosa se pondría interesante. “Seguro ese consejo te lo dio alguien que no era conquense, porque nosotros preferimos hablar de la ‘procesión de los turbos’, no nos gusta que se asocie nuestra procesión más emblemática con el desenfreno”.

De cualquier manera, Ana no me dejó con dudas. En la puesta en escena de la Pasión, los turbos representan a los judíos que insultaban a Jesús en su camino al monte Calvario; un papel que probablemente nadie quería asumir allá lejos en el tiempo. Cuenta la historia, que a los primeros turbos se les pagaban algunas pesetas para que desempeñaran su rol y que bebían resolí (una bebida alcohólica típica de Cuenca) para armarse de valor. También es cierto que a las 5:30 de la madrugada del Viernes Santo, cuando sale la procesión y aún no se decide la primavera a imponer lo suyo, en las calles de Cuenca hace un frío amedrentador y el resolí ayuda a mantener el cuerpo templado. La cuestión es que estas peculiaridades de la Semana Santa conquense fueron ganando fama fuera de las murallas de la ciudad y eso atrajo a gente más interesada en una fiesta que podía prolongarse hasta el amanecer, que en la introspección religiosa. Con todo, probablemente esta controversia fue la que le granjeó buena parte de su popularidad a las Turbas de Cuenca, que hoy son absolutamente multitudinarias y cuentan con más nazarenos que cualquier otra procesión.

Con el asunto más o menos aclarado, en adelante me cuidaría de hablar de “borrachos” frente a otros conquenses. Me tengo que marchar, antes de que se me haga tarde para asistir a la procesión de Paz y Caridad del Jueves Santo, que sale a las 16:30 de la Iglesia de Nuestra Señora de la Luz, en el barrio de San Antón.

Cuando nos despedimos, Ana me saludó con un “luego nos vemos en las procesiones”, algo que se me hizo una mera fórmula de cortesía… pensaba en las multitudes llenando las calles y se me figuró prácticamente imposible que algo así fuera a ocurrir. También me dijo que no había prisa en alcanzar la procesión, puesto que seguro me la encontraría en algún punto de la ciudad y me recomendó aprovechar la tarde para tomar una visita guiada e irme familiarizando con los sitios más emblemáticos.

Durante la procesión de Paz y Caridad desfilan siete hermandades y nueve pasos. Pero había tiempo para dar con ellos: a eso de las 21 estarían llegando a la Plaza Mayor y de ahí regresarían al punto de partida, de modo que todo terminaría a media noche.

Mi guía holandés, mimetizado en conquense y apasionado de su ciudad de adopción, me acompañó a descubrir los puntos cruciales de Cuenca, que luego volví a ver una y otra vez invadidos por la muchedumbre. Aquí y allá se oía un tumulto que me llenaba de curiosidad. Pero ya habría tiempo para ver procesiones y la visita guiada a la ciudad estaba más que interesante.

El jet lag no había cedido, pero se conformaba con llenarme de una energía extraña, salida de quién sabe dónde. De modo que cuando terminó mi recorrido, decidí seguir andando.

Caminé al azar por la ciudad, siguiendo el reclamo sonoro –ese que se fijó indeleble en mi memoria–, hasta encontrarla. El primer encuentro con las procesiones es fascinante… y no decae el resto de los días. Me apuré para verla de distintos ángulos, para oír a cada una de las orquestas que la acompañan, para mezclarme en la multitud, para aprovechar mi chaleco que me acreditaba como periodista y colarme en las filas de nazarenos perfectamente uniformados. Casi no me di cuenta de cómo pasaba el tiempo y, aunque sabía que debía madrugar muchísimo para no perderme la procesión más icónica de la Semana Santa conquense, que iba a salir el viernes a las 5:30 de la madrugada de la iglesia de El Salvador, no me decidí a irme al hotel temprano.

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VIERNES: el frío, los turbos y el Calvario

Casi no dormí. “Si no puedes contra el jet lag, únete a él”, pensé, y eso hice. A las 5:00 de la mañana, cuando aún no amanecía, ya estaba en la calle. Había mucha gente por todas partes. La mayoría se había seguido de largo. Hacía un frío maldito. Algunos se harían fuertes con un poco de resolí.

Intenté llegar al punto de partida de la famosa procesión Camino del Calvario, o de los turbos (no de los borrachos, para no ofender). Pero ya me habían advertido que es casi imposible acercarse debido a la cantidad de gente (mayoritariamente turbos) que se junta en un espacio demasiado estrecho. No hubo forma ni chaleco de periodista que valga. De modo que mejor fui a apartar lugar en algún punto panorámico. Me recomendaron las Curvas de la Audiencia, donde la calle empinada, amplia y zigzagueante favorece la perspectiva. Fui de las primeras en llegar y hacía tanto frío que me entraron ganas de mendigar un poco de resolí o algo más fuerte incluso.

Ya había amanecido cuando descubrí que casi no sentía las piernas y que la única solución sería dejar mi elevado puesto de observación para dar saltitos o caminar o algo que me ayudara a entrar en calor. Entonces vi, hasta abajo de la empinada cuesta, que asomaba la avanzada de los turbos. Se desplazaban lentamente, así que tendría tiempo de hacer cortas caminatas y volver a mi puesto, a falta de algo más espirituoso. Pronto descubrí que la solución perfecta hubiera sido alcanzar la procesión y mezclarme con los turbos. Cuando llegaron al punto en el que me encontraba, se cortó por completo el frío, la temperatura subió de golpe unos 10 grados, la energía que irradiaban era fenomenal. Imposible permanecer indiferente. Vestidos de morado, con la cabeza descubierta, tambor algunos, clarín de cobre otros, grandes, chicos, gordos, flacos, hombres, mujeres, jóvenes y viejos. Una verdadera turba bulliciosa que gritaba “te mueres” o “arriba” como los peores insultos que son capaces de proferir a quien no quieren ofender. La burla respetuosa. Cada tanto levantaban los palillos del tambor en forma de cruz y los golpeaban entre sí. Es la palillá, me explicaron. Los clarines sonaban destemplados también; la clariná. Se grabaron a fuego en mi memoria auditiva.

Son cinco pasos los que participan en esta procesión. Hasta adelante, “Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador”, cuyos banceros llegan a pagar hasta 1900 euros en una subasta por tener el honor de cargarlo. Luego viene “Jesús Caído y La Verónica”, “San Juan Apóstol Evangelista” –con unos banzos que también superan los 1500 euros cada uno–, “El Encuentro” y “La Soledad de San Agustín”.

Cuando supero un poco el éxtasis de semejante manifestación, recuerdo que me han dado acceso a los balcones del Ayuntamiento y que eso me permitirá ver cómo entra la procesión a la Plaza Mayor desde un punto privilegiado. Es en esa gran explanada donde las hermandades se dan tiempo de descansar, quitarse los capuces, comer algo y socializar antes de emprender el regreso. Yo, mientras tanto, tuve oportunidad de probar las dulces torrijas y el alajú.

Pero todavía faltaba uno de los momentos más conmovedores de esta procesión: en el descenso por la calle Alfonso VIII, frente a la iglesia de San Felipe Neri, de pronto el bullicio de los turbos cesa por completo y el silencio se vuelve una especie de abismo que se llena con las voces del coro del Conservatorio interpretando el “Miserere”. Luego, el desfile termina en el mismo punto de donde partió en la madrugada.

Pero ahí no terminan las procesiones del día. Ya habría tiempo el sábado para reponerse del agotamiento que supone atravesar completa la ciudad de arriba a abajo varias veces. A las 12:30 sale de la iglesia de San Esteban la procesión En el Calvario, donde desfilan ocho pasos, algunos de ellos de gran valor escultórico, y cinco cofradías, que representan cronológicamente los momentos de la crucifixión. De pronto escuché que sonaba “La saeta” y de inmediato acudieron a mi mente los versos de Antonio Machado, que me estrujaron el corazón: “¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar!”. Entonces pensé que, aunque uno no sea devoto, siempre hay un punto de contacto con estas tradiciones tan intensas, que conmueven como sea, hasta desde la rebeldía.

Por fin, a las 21:00 sale de la Catedral la tercera y última procesión del día, la del Santo Entierro, tal vez la más lúgubre de todas. Los capuces blancos de los nazarenos, las mujeres vestidas de negro con peineta y mantilla, más la iluminación dramática de los tres pasos que desfilan, completan un ambiente de solemnidad y circunspección para terminar un Viernes Santo largo, emocionante y agotador.

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SÁBADO: formaciones rocosas y arte abstracto

Ya hablamos brevemente del paisaje dramático, de extrañas formaciones calizas que rodean a la ciudad de Cuenca. El sábado, cuando no hay procesiones, es el día perfecto para explorar otros aspectos de la ciudad y sus alrededores. Me levanté temprano (no tanto como para necesitar del resolí), para salir de excursión a la llamada Ciudad Encantada, que no es una ciudad sino un parque natural donde se preservan unas muy extrañas formaciones rocosas que cuentan con la friolera de unos 90 millones de años de antigüedad.

“Con niños este lugar es una gozada”, dijo el guía, que propuso al grupo encontrarles formas a las enormes piedras. Calculé que los chicos no se molestan en leer los carteles que resuelven la cosa sin que uno le eche ganas a la imaginación… así que traté de imitarlos. El paisaje resulta extrañísimo y todo el recorrido divertido, sumamente agradable.

La siguiente parada fue en Castillo de Uña, también en pleno Parque Natural de la Serranía de Cuenca, donde tomamos café y luego disfrutamos de las vistas del lago desde un mirador al que se llega tras una corta caminata. Allí aprovechamos unos binoculares para intentar divisar a los buitres que crían a sus polluelos en los huecos que deja la piedra en una gran muralla calcárea que se levanta enfrente. Nos dijeron que, en ocasiones, también es posible ver ciervos y gamos.

La última parada de la excursión, en el llamado Ventano del Diablo, es verdaderamente espectacular. Una breve subida te deja frente a una panorámica de vértigo, con vistas al cañón del río Júcar, los bosques de la Serranía y Villalva de la Sierra. Regresamos a Cuenca con el ánimo domado por las horas de exposición a la naturaleza.

El tema de las formas extrañas me acompañó ese Sábado Santo, puesto que dediqué la tarde a visitar el Museo de Arte Abstracto Español que tiene su sede en las famosas Casas Colgadas de Cuenca, del siglo XV, un edificio histórico que fue totalmente restaurado para albergar obras de artistas como Eduardo Chillida, Luis Feito, Antoni Tàpies, Antonio Saura, Eusebio Sempere, Gustavo Torner, Jordi Teixidor, Gerardo Rueda y Fernando Zóbel… Sí, Zóbel como la terminal de trenes de alta velocidad de Cuenca, que fue nombrada en su honor por la contribución que hizo a la ciudad vinculándola estrechamente con el arte abstracto, al ser el artífice de este museo y catalizador de la comunidad de artistas abstractos que se arremolinó en torno a Cuenca.

El lugar es una maravilla por dentro y por fuera. Por momentos uno no sabe si concentrarse en las obras de arte o dejar que la mirada se escape por las ventanas hacia los robustos balcones de madera que cuelgan sobre el precipicio y le ponen cara a un paisaje del que había tenido bastante por la mañana.

EL MUSEO COLGADO DE CUENCA: Abstracto y español. Lee más…

Naturalmente relajada e inspirada, al anochecer pensé que debía buscar un lugar que armonizara con el espíritu del día, de modo que opté por una cena con tintes bohemios en la Bodeguilla de Basilio, donde probé una sucesión deliciosa de tapas, acompañadas con un buen vino, me entretuve observando las decenas de fotos, recortes de periódicos y artefactos que cuelgan de las paredes, platiqué con el mismísimo Basilio y, sí, antes de salir bebí resolí de un bello recipiente, para enfrentar el frío de regreso al hotel.

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DOMINGO: el sol en la cara y el encuentro

El Domingo de Gloria amaneció radiante. El clima parecía acentuar el ánimo festivo en las calles de Cuenca. A las 10 de la mañana, sale de la iglesia de San Andrés la procesión de El Encuentro, que representa el triunfo de la vida sobre la muerte, con la Resurrección de Cristo. Los nazarenos de la Hermandad de Nuestro Señor Jesús Resucitado y María Santísima del Amparo ya no usan capuz, van vestidos de blanco con detalles en rojo y lucen amplias sonrisas. Los dos pasos que desfilan en esta procesión salen del mismo lugar pero se separan de inmediato y siguen diferentes itinerarios, casi todo el camino por la parte nueva de la ciudad. Aproximadamente una hora después de su salida llegarán a la Plaza de la Constitución, para el gran encuentro. De modo que hacia allá me dirigí, para apostarme en un buen lugar…

Y por ahí andaba entre la muchedumbre cuando vi que alguien sacudía su mano saludándome enérgicamente: era Ana. Ya la había encontrado antes, creo que el viernes, y lo consideré una mera casualidad fruto de tanto insistir en perseguir procesiones de arriba para abajo. Pero en esta ocasión le confesé sorprendida que no le había creído cuando me dijo que íbamos a encontrarnos sin duda en medio de las multitudes. Se rió, con un gesto de conquense que sabe lo que dice.

Pronto la expectación de la gente nos alertó de que ya estaba a punto de suceder el encuentro más esperado del día, el de Jesús resucitado con María. La Virgen, que viene cubierta con un manto negro, al ver a su hijo aparecer en una esquina de Cuenca estalla en júbilo. Una ágil muchacha trepa por el paso, cambia el manto negro por uno verde y besa la imagen con una ternura infinita. Se sueltan las palomas y los banceros bailan los pasos como si no pesaran. Entonces la procesión, ya unida en un único desfile, emprende el camino de regreso al punto de partida.

Así terminó la Semana Santa en Cuenca y mi visita a esta parte de España que puso mis emociones a flor de piel. Llegó la hora de volver a casa, no sin antes pasar por una tienda para buscar una torta de alajú y una botellita de resolí, por si acaso alguna vez el frío me lo reclama, en el Valle del Anáhuac.

Publicado en Nat Geo Traveler Latinoamérica, edición 82.

Escrito por:Jes Garbarino

Periodista y viajera. Armo la maleta (antes era mochila) cada vez que tengo oportunidad, desde hace más de 20 años.

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