El derrotero del Paseo de la Reforma se interna en las encrucijadas del tiempo y se abre paso por el espacio en el mero corazón de la gran Ciudad de México. La histórica avenida late con el tráfico que la recorre a diario y con las huellas que le dejaron los años. Desde El Caballito hasta el Castillo de Chapultepec, su trazado original, y de 1864 hasta la actualidad, el encantador paseo revela algunos secretos que suelen pasar inadvertidos incluso para los más asiduos transeúntes.

Más de tres kilómetros de pastizal y lodo separaban la residencia del emperador Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota –en el cerro del Chapulín–, de los límites de la ciudad de México. El carruaje imperial tenía serias dificultades para llegar cada día al Palacio Nacional, donde despachaba el gobernante. La necesidad de una vía transitable durante todo el año y la moda francesa de construir caminos tan amplios como elegantes, motivó el primer trazado del actual Paseo de la Reforma en 1864.

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A caballo de la historia

“El caballito”, como llamaban los mexicanos a la estatua del rey Carlos IV sobre su corcel (hoy frente al Museo Nacional de Arte), ya no marca el inicio del paseo que ideó el emperador, ni el margen de la pequeña ciudad de apenas 200 mil habitantes, ni adorna la avenida Bucareli. Sin embargo, las modernas crines de acero diseñadas por el escultor chihuahuense Sebastián, con su esmalte amarillo intenso y sus 28 metros de altura, le hacen un guiño a la historia y conservan el matiz ecuestre de la referencia geográfica.

Aunque la idea original de construir un paseo fue de Maximiliano, el emperador no vio concluida la obra y los sucesivos gobiernos fueron dándole su fisonomía, de acuerdo con sus aspiraciones y sus ideales. Las glorietas que lo adornan, las estatuas de los héroes que la flanquean, los camellones y los edificios que fueron poblando sus orillas, con el paso de los años experimentaron innumerables cambios, idas y vueltas, destierros y repatriaciones. Sin embargo, algunos hitos se obstinaron en permanecer.

Una palma y un ángel

Cuando el transeúnte avanza en su camino hacia el Castillo de Chapultepec desde “El caballito” y fija su atención, por azar, en la solitaria palma de 20 metros de altura que reina en la glorieta del cruce entre las avenidas Río Rhin y Niza, se encuentra quizá frente al más obstinado de los hitos que pueblan el Paseo de la Reforma. La phoenix canarienssis llegó a su sitio actual desde las Islas Canarias hace más de ochenta años. Aunque su mayor peculiaridad es la de ser parte del diseño original de 1864, encargado al ingeniero Luis Bollard y haber sobrevivido a las múltiples iniciativas de reemplazarla por una estatua.

Unas cuadras más adelante, en la siguiente glorieta, un símbolo fundamental para la ciudad. La diosa griega Nike, bañada en oro, con sus alas, sus laureles y sus cadenas rotas, sobre un alto pedestal celebra desde 1910 la victoria independentista.

Justo enfrente al Ángel de la Independencia, en la recepción del edificio del banco HSBC, el mural de aires desarrollistas “El crédito transforma a México”, pintado por Juan O´Gorman en 1964, fue instalado allí hace unos años, luego de un traslado que movió sus 10 toneladas de peso a lo largo de un kilómetro, desde su anterior ubicación frente a la glorieta de Cuauhtémoc, también sobre Reforma.

De ayer y de hoy

La casa marcada con el número 365, no puede menos que llamar la atención del transeúnte, en un contexto de torres cada vez más altas, cada vez más espejadas, cada vez más modernas. Uno de los ya escasísimos ejemplares del estilo que marcó la presidencia de Porfirio Díaz, la residencia de la familia Cusi, se terminó de construir en 1916 y fue reciclada para funcionar como sede del banco Bx+.

Unos metros más adelante: “La flechadora de la estrella del norte”, como la bautizó su escultor, Juan Fernando Olaguíbel, si bien los transeúntes prefieren referirse a ella como la Fuente de la Diana Cazadora. Aunque parezca estática, apuntando su saeta a los rascacielos que la rodean, es uno de los hitos que más ha trashumado antes de instalarse en su actual ubicación, en la intersección de las avenidas Río Mississippi y Sevilla. Incluso, algunos aseguran que la escultura original, develada en 1942, se encuentra en Ixmiquilpan, Estado de Hidalgo, mientras que la de Reforma es una copia. Y aunque luzca con naturalidad su desnudez, durante años llevó faldón para aquietar los ánimos más puritanos.

Por fin, atravesando la Puerta de los Leones de Chapultepec en dirección al Monumento de los Niños Héroes, puede verse el longevo Castillo de Chapultepec, que en la actualidad alberga el Museo Nacional de Historia. La fortaleza solía ser, y sigue siendo, un buen lugar para mirar a lo lejos, desde lo alto, en el principio de este derrotero por el tiempo y el espacio.

Todos los nombres

El camino que el Emperador de México Maximiliano de Habsburgo mandó trazar para unir el Castillo de Chapultepec con el Paseo de Bucareli se llamó oficialmente Nueva Calzada de Chapultepec. Sin embargo, la gente prefería referirse a la arteria –que era para uso exclusivo de los mandatarios–, como Paseo del Emperador o, también, Paseo de la Emperatriz, en honor a Carlota.
Pero aún no se terminaba de construir la calzada cuando Maximiliano fue derrocado y fusilado en Querétaro, el 19 de junio de 1867. Con Benito Juárez en el poder, el camino recibió el nuevo nombre de Paseo del Degollado y dejó de ser un lugar reservado a la aristocracia para permanecer abierto al público.
Por fin, en 1872 el presidente Sebastián Lerdo de Tejada bautizó la arteria por decreto con el definitivo Paseo de la Reforma, para celebrar las leyes promulgadas por su antecesor, Benito Juárez.
Pero, más tarde, el ingenio popular también hizo su aporte a la variada nomenclatura del Paseo de la Reforma. Durante los trabajos de remodelación general de 1948, el gobierno de la ciudad decidió decorar el camellón central con nopales, cactus y visnagas del jardín botánico, con el objetivo de darle un “toque mexicano”. De modo que, Reforma se ganó durante un tiempo el apodo de “Paseo de la Nopalera”… hasta que regresaron las flores que aún hoy lo embellecen.
Las prolongaciones

El Paseo de la Reforma tiene hoy, en total, 33 kilómetros de largo. A medida que la ciudad creció, la arteria se extendió hacia el noreste, hasta entroncar con las calzadas de Guadalupe y de los Misterios. Mientras, hacia el oeste, los urbanistas situaron con buen tino la más importante zona cultural de la ciudad de México, donde se concentran los museos de Arte Moderno, de Arte Contemporáneo, de Antropología y Nacional de Historia (dentro del Castillo de Chapultepec), además del Zoológico, el Centro Cultural Casa del Lago, el Centro de Convivencia Infantil y el Auditorio Nacional. Así, en esa dirección, el paseo se prolonga hacia Polanco, Bosques de las Lomas, Santa Fe… hasta conectarse con la carretera a Toluca.

Escrito por:Jes Garbarino

Periodista y viajera. Armo la maleta (antes era mochila) cada vez que tengo oportunidad, desde hace más de 20 años.

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