Centinelas inexpugnables del viajero, los volcanes de Guatemala empinan el horizonte a lo largo del camino, se convierten en puntos de referencia con nombres poéticos y nos proponen paisajes tan bellos como furiosos, que estallan en miles de colores.

Una marimba llena de notas musicales el ambiente neutro del Aeropuerto Internacional La Aurora de la Ciudad de Guatemala, apenas bajas del avión. Así es muy sencillo entrar en materia y sentir que este round trip acaba de empezar.

Ciudad de Guatemala: La capital del país cambió cuatro veces de ubicación acosada por problemas políticos y por desastres naturales causados por la cercanía de los volcanes activos. Así, se asentó en Tecpan, Almolonga, Valle de Panchoy (hoy Antigua Guatemala) y Valle de la Ermita, donde actualmente se ubica la llamada Nueva Guatemala de la Asunción.

Con las notas de la marimba aún repiqueteando en la memoria, recorremos el Centro Histórico y pronto nos encaminamos al nuevo Paseo Celaya, una mini ciudad dentro de la capital, que rezuma sofisticación. Allí, una deliciosa cena en el Café Saúl nos hace fuertes para emprender el largo camino que nos llevará a descubrir los encantos de Guatemala. Los volcanes Pacaya, Agua, Fuego y Acatenango nos vigilan a la distancia.

Lago Atitlán

Muy temprano por la mañana llegamos a Panajachel, junto al que el escritor Adous Huxley consideró “el lago más hermoso del mundo”. Convertido en un perfecto espejo donde se reflejan las siluetas puntiagudas de los volcanes Atitlán, San Pedro y Tolimán, el lago invita a la contemplación y parece querer desalentar la navegación que terminará rasgando semejante quietud. Sin embargo, habremos de embarcarnos para descubrir algunos de los pintorescos pueblos que lo rodean, cada uno con el nombre de un apóstol y con características que los hacen muy diferentes unos de otros (incluso, a pesar de la corta distancia que los separa, llegan a utilizar distintas lenguas).

Lago Atitlán: Cuenta la leyenda que un romance prohibido entre Citlatzin, hija de un cacique, y un plebeyo carpintero de nombre Tzilmiztli dio origen a este lago que luce calmo hasta las cinco de tarde, cuando se levanta un viento llamado xocomil –el viento del pecado– que sacude sus aguas en un amoroso vaivén.

La primera escala es en San Pedro La Laguna, donde nos divertimos como niños a bordo de uno de los tuc-tuc que remontan las calles con colorida desfachatez y temeraria velocidad. La vibra hippie, los cibercafés ofreciendo conexión a internet como si fuera una necesidad más básica que el agua, los personajes que meditan solitarios con vista al lago, además del ambiente joven y festivo completan el mapa turístico de esta esquina del lago.

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En San Juan La Laguna unas mujeres agrupadas en cooperativas nos enseñan los secretos del color que utilizan para sus tintes, la magia de los hilos de algodón, el arte del tejido. Compramos artesanías y algo de café orgánico.

Santiago Atitlán es quizá el más peculiar y pintoresco de los pueblos que visitamos a orillas del lago. Los bellísimos trajes que usan hombres y mujeres, repletos de bordados, hablan del rigor con el que se conservan allí las tradiciones. Alguien nos cuenta de Maximón, el santo del vicio expulsado de la iglesia y venerado con devoción… Los cófrades, algo alcoholizados, nos permiten asistir a una ceremonia en una casa cualquiera del poblado. El santo fuma sin parar y está tapizado con pañuelos de seda y billetes.

Chichicastenango: Desde Panajachel, un trayecto de apenas una hora conduce a Chichicastenango, donde los jueves y domingo hay mercado, uno de los más coloridos y sorprendentes del país, que vale mucho la pena visitar.

Al atardecer, regresamos a Panajachel mecidos por el mítico “viento del pecado”, el xocomil, que sopla sobre el lago recordando la pasión de unos amantes de leyenda. Todavía con la sensación de estar flotando, nos alojamos en el encantador hotel Hotel Atitlán, cuyos jardines son en sí mismos una atracción turística. Tal vez al día siguiente, que será domingo, visitemos Chichicastenango.

Dos iglesias

La ruta nos lleva ahora hacia San Andrés Xecul, para una breve visita a su colorida iglesia, que es resultado de la revolución liberal de 1871 que expulsó a los sacerdotes. El edificio fue completado por los pobladores mayas, quienes le imprimieron los símbolos de sus creencias: la dualidad, la falta de simetría, los jaguares, la virgen embarazada, el maíz, los colores vibrantes.

Salcajá: El licor conocido como caldo de frutas es algo que debes probar cuando llegues a Salcajá. Preparado con manzanas, peras, ciruelas, piña, membrillo, nance y melocotón fermentados en aguardiente, es dulce y sabroso. También podrás degustar su rompopo.

Unos kilómetros más adelante llegamos a Salcajá para ver la primera iglesia de Centroamérica, la ermita de la Concepción o de San Jacinto, fundada en 1524. Su sólida forma de levantarse, los muros teñidos por el tiempo y su decoración llena de sincretismo la vuelven encantadora.

Hacia el oeste

Los volcanes Santa María y Santiaguito nos vigilan en nuestro camino a Quetzaltenango, también conocida como Xela o Xelajú, segunda ciudad del país, famosa por su ron Zacapa, por la cerveza y por el tabaco. Allí, la ruta del chocolate a bordo del Tranvía de los Altos nos da la oportunidad de conocer algunas historias sobre las columnas de su plaza principal, el estilo neoclásico de los edificios más antiguos y la tenacidad de sus habitantes.

Quetzaltenango: La ciudad ofrece una original ruta nocturna por su cementerio. El momento culminante es la visita a la tumba de Vanushka, una joven gitana que murió de amor, a la que muchos le piden que interceda en asuntos del corazón.

La ciudad nos acerca, además, a dos puntos que queremos visitar: las ruinas de Takalik Abaj y la Reserva Natural Patrocinio.

Apenas explorada una pequeña parte de su extensión original, las ruinas mayas (con marcada influencia olmeca) de Takalik Abaj son anteriores a las de Tikal y constaban de 10 grandes terrazas. Allí, lo más llamativo son las esculturas que resguarda. El lugar cuenta además con un pequeño zoológico, donde se rescatan especies locales, que llaman la atención de los más chicos.

Por su parte, la Finca Patrocinio es ideal para pasar todo el día (también es posible rentar una de las dos casas que ofrecen a los viajeros para quedarse más tiempo) disfrutando de sus tirolesas, de las vistas al volcán Santiaguito y, muy especialmente, de los muchos pájaros que se dejan ver en ese frondoso entorno.

Diversión en el agua

Pronto ponemos rumbo hacia el océano Pacífico, con el objetivo de probar la pesca deportiva del pez vela. Pero en el camino hacemos un alto en los parques de diversiones Xetulul y Xocomil (acuático), una especie de mini Disneylandia centroamericano, que enorgullece a los guatemaltecos.

Puerto San José: La Marina Pez Vela recibe cruceros y organiza varios torneos de pesca deportiva cada año.

Muy cerca de Puerto San José se encuentra la Marina Pez Vela, donde nos embarcamos en una mareadora aventura de altamar para ver de cerca al codiciado pez vela, que fue esquivo en esta ocasión, aunque el lugar cuenta con varios records de captura y liberación. Sin embargo, disfrutamos viendo tortugas y otras especies que parecían querer minimizar la desazón de nuestros anfitriones. Los volcanes nos llamaban a lo lejos, a través del aire más limpio, y decidimos regresar a tierra firme.

Pisar la lava

El imán de los volcanes no sólo nos hizo volver a tierra firme sino ponernos como objetivo ascender a uno de ellos tanto como para sentir su calor. El volcán Fuego, en el camino, saludó nuestra decisión con una dramática fumarola que acarició el cielo largo rato, deshaciéndose en una pincelada negra.

El volcán Pacaya (uno de los tres activos del país, junto con el Santiaguito y el Fuego) se deja explorar con bastante facilidad, a pie o a caballo desde la base, donde hay guías que ofrecen sus servicios y hacen más interesante el trayecto. Las nubes esconden y descubren la silueta perfecta. La arena negra bajo los pies se pone humeante por momentos. Comemos unos malvaviscos asados con el calor que sale de las entrañas del volcán y que saben a la maravilla de estar allí en ese momento. Por fin, nos deslizamos a toda velocidad por una ladera practicando lo que nuestro guía llama “esquí maya”, riendo a carcajadas para hacer catarsis de tanto vértigo y emoción.

La Antigua Guatemala: La visita al Museo del Jade resulta sumamente reveladora sobre las características e historia de esta roca sagrada de los mayas. A la salida, en la tienda, podrás descubrir cuál es el nahual que te protege y hasta llevarte un dije de jade con su jeroglífico.

La ciudad de La Antigua Guatemala es el broche de oro para este round trip volcánico. Custodiada por los volcanes Fuego, Agua y Acatenango es con mucha probabilidad y derecho la ciudad más hermosa de Centroamérica. Las marimbas nos despiden con su repiqueteo en la muy turística y agraciada calle del Arco.

 

 

Posted by:Jes Garbarino

Periodista y viajera. Armo la maleta (antes era mochila) cada vez que tengo oportunidad, desde hace más de 20 años.

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