La “Excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedio”, en la que se embarcó Mark Twain en 1867, fue uno de los primeros viajes organizados de la historia y el famoso escritor estadounidense dejó constancia de la aventura en un divertido y despiadado libro titulado Guía para viajeros inocentes, que fue la obra más vendida del autor durante su vida.

Corría el mes de junio cuando zarpó del puerto de Nueva York el vapor Quaker City para llevar a un grupo de selectos pasajeros a un largo viaje de placer, “un picnic de proporciones gigantescas”, como lo definió Twain, travesía que en aquel entonces costó la módica suma de 1250 dólares por persona.

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El escritor pronto trabó amistad con varios de los pasajeros del barco, quienes serían sus compinches de aventuras en los diferentes lugares que visitaron durante el viaje. Luego de mucho andar y de conocer a un buen número de guías europeos –“incordios necesarios”, los llamó Twain–, los viajeros comenzaron a identificar perfectamente sus defectos, virtudes y debilidades.

“Muchos han deseado, en el fondo de su corazón, arreglárselas sin su guía; pero al ver que es imposible, deciden divertirse un poco con él, a modo de retribución por las molestias que les causa su compañía. Nosotros tuvimos éxito en este último empeño, y si nuestra experiencia puede resultarles útil a otros, adelante, que la aprovechen”, se vanaglorió Twain.

El grupo pronto notó que los guías de turistas se solazaban con los arrebatos de admiración de los extranjeros cada vez que les mostraban cosas raras o maravillosas. “La naturaleza humana se deleita ante el estupor emocionado. Es lo que lleva a los niños a decir cosas ‘agudas’, a hacer otras absurdas y a presumir cuando tienen público”, comparó Twain.

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De modo que, para probar los límites de la paciencia de los guías, los viajeros se propusieron dejar de extasiarse, de mostrar admiración o sorpresa. Y, luego, para avanzar más en su cruzada, agregaron una divertida seguidilla de preguntas tontas o absurdas. “A veces los hemos hecho enfadar de veras, pero nosotros nunca hemos perdido la serenidad”, relató en su crónica del viaje un cáustico Mark Twain, casi como si se estuviera aguantando la risa.

Como ejemplo de su decidida guerra psicológica contra los guías europeos, Twain contó cómo llevaron al borde de la desesperación a un guía romano.

“Al guía romano le hicimos su trabajo más interesante. Ayer pasamos –una vez más– tres o cuatro horas en el Vaticano, ese impresionante mundo de curiosidades. A punto estuvimos de expresar interés, en ocasiones, incluso admiración, y nos costó mucho no hacerlo. Pero lo conseguimos. Nadie lo había logrado jamás, en los museos del Vaticano. El guía estaba desconcertado, anonadado. Casi se queda sin piernas, a la caza de cosas extraordinarias, y agotó todo su ingenio con nosotros, pero fracasó”, relató Twain.

La última carta del guía de turistas del Vaticano era lo que consideraba la más impresionante de sus maravillas: una momia real egipcia, la mejor conservada del mundo, probablemente. El doctor del grupo de viajeros, que era el encargado de hacer las preguntas por ser capaz “de guardar la compostura” y por su “pinta de idiota genial”, inquirió:

–Ah, ¿cuál ha dicho usted que era el nombre del caballero?

–¿Nombre? ¡Lui no nombre! ¡Momia! ¡Momia egipcia!

–Ah, entiendo. Francés, supongo.

–¡No! ¡Ni francés, ni romano! ¡Nado en Egipta!

–Nacido en Egipta. Nunca había oído hablar de Egipta. Supongo que será una localidad extranjera. Momia… momia. Qué tranquilo está, qué sereno. ¿Está… eh… está muerto?

–¡Oh, sacre bleu, muerto tres mil ani!

–¡Oiga usted! ¿A qué viene semejante conducta? ¿Nos engaña como a chinos porque somos extranjeros con ganas de aprender? ¡Y pretende colarnos esos cadáveres de segunda mano! ¡Maldición! Me dan ganas de… de… ¡Si tiene usted un cadáver fresco y en condiciones, tráigalo!

 

Fuente: Guía para viajeros inocentes, Mark Twain, Ediciones del Viento, 2009.

 

Ficha Personal
  • Samuel Langhorne Clemens, conocido con el pseudónimo de Mark Twain (1835-1910).
  • Nació en Florida, Misuri, Estados Unidos.
  • Escritor, orador y humorista. Autor de novelas muy populares como El príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn.
  • Se casó con Olivia Langdon Clemens y tuvo cuatro hijos.
  • En El forastero misterioso, uno de sus últimos libros, señaló que se sentía como un visitante sobrenatural, que había llegado a la Tierra con el cometa Halley y que debía abandonarla con la siguiente aparición del astro, algo que efectivamente ocurrió (sus fechas de nacimiento y muerte coinciden con el paso de famoso cometa cerca de nuestro planeta).
Escrito por:Jes Garbarino

Periodista y viajera. Armo la maleta (antes era mochila) cada vez que tengo oportunidad, desde hace más de 20 años.

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